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La FIV que me convirtió en madre y me enseñó a confiar

La única FIV que me practicaron no fue solo un procedimiento médico; para mí fue el inicio visible de una historia de amor que llevaba tiempo gestándose en mi interior, incluso antes de que existiera una prueba, una ecografía o una fecha concreta. No lo escribo para convertir mi historia en una receta universal, sino para ordenar una experiencia que puede resonar en muchas mujeres que, como yo, han aprendido a sostener demasiado antes de permitirse parar y escucharse.

Lo que dolía no era únicamente la situación externa. También pesaban deseo de maternidad, incertidumbre, edad, tratamiento, fe, miedo a que el sueño no llegara. Ese conjunto de emociones y hábitos interiores formaba una especie de paisaje conocido: incómodo, sí, pero tan familiar que parecía difícil imaginar otra manera de "estar en la vida".

La raíz no estaba solo en los hechos. Había una forma interna de interpretarlos: podía haberme quedado atrapada en la estadística, en la duda o en el miedo, pero algo en mí necesitaba sostener una imagen interna más fuerte que el pronóstico. Y mientras esa forma de mirar permanecía intacta, cualquier cambio externo terminaba reproduciendo la misma sensación de fondo.

También aprendí algo que hoy considero esencial: no todo cambio externo produce transformación interna. Podemos mudarnos, cambiar de trabajo, empezar una relación, terminar otra o emprender un proyecto nuevo, y aun así seguir habitando el mismo patrón. La diferencia aparece cuando la decisión externa nace de una consciencia interna más clara.

La toma de consciencia llegó cuando visualizar a mi hijo antes de concebirlo no eliminó la dificultad, pero me dio una dirección emocional desde la que atravesar el proceso con más confianza. No fue un momento de película ni una iluminación perfecta. Fue más bien una grieta: una pequeña apertura por donde empezó a entrar una verdad que ya no podía seguir ignorando.

La nueva etapa empezó cuando pude actuar de otra forma: seguí los pasos, me dejé acompañar por profesionales, sostuve mi deseo con fe, con acción, y permití convertirme en una madre perfectamente imperfecta antes de cumplir los cuarenta y cuatro. Ese cambio no anuló mi historia anterior, pero sí me permitió dejar de vivir prisionera de ella.

Lo que antes interpretaba como una dificultad aislada empezó a mostrarse como una invitación a revisar mi manera de vivir. En el fondo, el deseo  de ser madre, la incertidumbre, mi edad, el tratamiento o el miedo no pedían más control, sino una escucha más honesta. Cuando empecé a observarme con menos juicio, pude distinguir mejor qué era mío, qué era aprendido, qué pertenecía al miedo y qué respondía a un deseo verdadero que llevaba tiempo intentando abrirse paso.

Si esto toca algo en ti, quizá tiene que ver con mujeres que atraviesan procesos donde el deseo es enorme pero la incertidumbre también, y necesitan sostenerse sin negar el miedo. Y quizá el primer paso no sea resolverlo todo, sino admitir con honestidad que la manera actual de vivir ya no te está llevando a un lugar de paz.

En mi labor diaira como Mentora, veo cómo la transformación abre un espacio donde una mujer puede comprenderse, sostenerse y elegir con más honestidad.

Esta vivencia me recuerda que este episodio me enseñó que la voluntad no es forzar la vida; es escuchar el deseo verdadero, liberar la desesperanza y darle la vuelta al miedo hacia una confianza activa que también sabe recibir ayuda. No se trata de entenderlo todo intelectualmente, sino de abrir un camino entre lo que siento, lo que pienso y lo que decido hacer con mi vida.

Al ampliar este texto, también amplío la honestidad con la que miro mi proceso. Las redes sociales suelen pedir síntesis, pero la vida real necesita espacio. Y muchos aprendizajes solo se entienden cuando dejamos de contarlos deprisa.

Una tentación muy habitual es querer saltar enseguida a la solución. En mi caso, eso habría significado pasar por encima del deseo de maternidad, de la incertidumbre ante la infertilidad y de la baja reserva ovárica debido a la edad, sin escuchar qué venían a mostrarme todas esas señales.

Hoy sé que la prisa por estar bien puede convertirse en otra forma de huida. Hay procesos que necesitan ser mirados con calma para que el cambio no sea solo una reacción, sino una elección más consciente.

La consciencia sin acción puede convertirse en otra forma elegante de estancamiento. Comprender que podía haberme quedado atrapada en la estadística, en la duda o en el miedo, pero algo en mí necesitaba sostener una imagen interna más fuerte que el pronóstico. Me sirvió para dejar de culparme, pero también me obligó a preguntarme qué decisión concreta estaba evitando tomar.

Cada mujer sabrá qué parte de esta historia le toca. A veces será el cuerpo, a veces el trabajo, a veces una relación, a veces una decisión pendiente. Lo importante es no dejar pasar la señal solo porque todavía no sepamos qué hacer con ella.

También hay un elemento de honestidad que no quiero perder: no todo aprendizaje nace desde la calma. A veces nace del cansancio, de un síntoma, de una conversación incómoda, de una pérdida o de una pregunta que desordena lo que parecía estable. La madurez está en no desperdiciar esas señales y permitir que se conviertan en toma de consciencia.

Cuando una experiencia se mira así, deja de ser un episodio suelto y empieza a mostrar el hilo invisible que une decisiones, emociones y deseo. Pensar, sentir y actuar en la misma sintonía. ¡Ser coherente!

Cada texto es, en el fondo, una invitación a detenerse antes de que la vida tenga que hacerlo por nosotras.

La paz interior no aparece como una idea abstracta. Se nota cuando dejamos de traicionarnos en lo cotidiano: en un sí que por fin se vuelve no, en una pausa respetada, en una conversación honesta o en una decisión que ya no necesita aprobación externa.

Otro matiz importante es que la transformación no borra la sensibilidad. Al contrario, muchas veces nos vuelve más conscientes de lo que antes anestesiábamos. La diferencia es que dejamos de vivir la emoción como amenaza y empezamos a recibirla como información. Ese cambio de relación con lo que sentimos modifica la manera de decidir, de vincularnos y de mirar nuestro propio proceso.

Cada artículo de este blog es también una manera de dejar constancia de mi propio camino. Para mostrar que una historia revisada con consciencia puede convertirse en puente para otras mujeres que están intentando entender la suya.

Esa es la razón por la que hoy prefiero hablar de procesos reales, no de cambios rápidos que prometen mucho y arraigan poco.

Por eso, si tuviera que quedarme con una idea, sería esta: algunos lo llaman milagro; yo sigo llamándolo fe, acción y una profunda alianza con la vida.

La transformación no siempre empieza cuando somos valientes; muchas veces empieza cuando somos suficientemente honestas como para dejar de sostener una mentira interior.